Friday, May 26, 2006

fotos III


del taller 2005

Llueve. Se empaña el vidrio y se dibujan imágenes. ¿O son mis recuerdos, caprichosos y empañados, que vienen a confundirme?

Un pomo romo. Un bastón torneado que brillaba con la luz. Respaldo de silla. Cama. Espaldar. Volutas de madera. De humo. Espeso, el aire en la habitación. Y la luz se escapaba para dejarme solo, al lado de la muerte

Brillaba el marco de los anteojos, apretando el cristal grueso, casi blindado. Escondían el ojo muerto mientras las palabras se hacían eco de la comisura torcida. La piel colgaba de las palabras tediosas del profesor Roncoroni.

No puedo escuchar lo que dice, ella respira cadenciosa adentro de ese vestido amarillo.

Mis ojos son devorados por ese labio inferior, carnoso, afelpado, donde se refleja el último resto de humedad. Inmóvil, una mosca en la telaraña. Soy presa del escote de bordes negros que sostiene el amarillo del vestido. El ruido de la calefacción me sentencia. Tic, amenaza. Tac.

Tic, se vuelve a escuchar. Espero inmóvil. La crueldad se disfraza de inocencia. Ella no me mira. ¿De dónde llega ese perfume?

Huelo lluvias lejanas, tierra mojada, viento golpeando en la cara mientras corremos por el sendero, junto al arroyo. Hay que apurarse para llegar antes que la tormenta. Los álamos erguidos se sacuden rabiosos y los gotones empiezan a retumbar en las hojas frágiles.

El lápiz cae con estruendo de rocas. Estoy de nuevo en el salón frío del colegio, mientras la estufa se resiste a la presión con un tic-tac nervioso.

Peludo, pero mullido. Como esponjoso. Lo toco apenas y siento cosquillas en los dedos. Hundo el lápiz negro como si no supiera si es profundo. El lápiz se entierra y el abrigo se mueve. Mi madre gira el rostro, casi molesta, pero no dice nada. Miro la piel tersa de su cuello, tensada levemente y quiero tocarla. Me deja. Aprovecho el permiso que me da en esos ratos largos de la espera y el aburrimiento.

Tic. Tac.

Me gusta jugar con la piel de su cuello. Con el mechón que cuelga, indeciso, sobre la frente blanca. Morderle los labios suavemente, hasta que protesta y parece enojada. Acariciar los pliegues suaves y las curvas, como ignorando qué puede esconder una chica moderna. Me excita el gruñido que interrumpe, a veces, su silencio. Yo también la dejo.

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