un principio posible

Las volutas de humo formaban figuras caprichosas. Allí se adivinaba un navío con sus velas flameando al viento, un barco pirata, debía ser, por el mascarón que ostentaba. Pero el mascarón se movía, adoptaba unaqs curvas amenazantes, eran las fauces abiertas de un lobo, con sus orejas moviéndose al compás del aire, estirándose más allá de lo verosímil, transformándose en alas grises, las de un pájaro oscuro que se eleva y se eleva aún más...
Los golpes sonaron reales. El maestro tardó unos segundos en reaccionar. Volvieron a repetirse los golpes. Inició entonces el moroso proceso de pnerse de pie, primero poniendo el peso en una pierna, asiéndose del respaldo de la silla, haciendo fuerza para incorporarse. Allí fue, bamboleante, a abrir la puerta.
Allí estaba, empapada, con los cabellos pegados contra el rostro pálido, mirándolo casi con miedo. La hizo pasar sin entender mucho lo que estaba sucediendo. Ella parecía dudar entre hablar o volver a irse.
- Molesto? - alcanzó a preguntarle
- No... - parecía contestarle desde otro mundo - sentate.
Pasó un tiempo impreciso, el tiempo en que el temblor de ella, y el miedo, y la inseguridad, alcanzaron a disiparse sobre la cuerina verde del viejo sillón. El tiempo para que él descendiera a la cotidianeidad un poco desordenada de su casa, decidiera bajar el volumen de los acordes del viejo grupo de rock que seguían en el aire, y la mirara a ella con cierta atención.
Entonces pudo preguntarle qué hacía allí, en esa noche desapacible.


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